domingo, 6 de junio de 2010

miércoles, 2 de junio de 2010

Laboristas y conservadores en la era de Gordon Brown



¿Desaparecerá con él la filosofía política que le caracterizó, la Tercera Vía?


La Tercera Vía es una etiqueta que designa la necesidad de poner al día el pensamiento de centro izquierda dadas las grandes transformaciones que está experimentando el mundo y, sobre todo, la influencia de la globalización, la interdependencia creciente de la economía mundial.

La Primera Vía es la izquierda socialdemócrata tradicional, que dominó las ideas y las prácticas políticas en el primer periodo de posguerra. Sus bases son la economía keynesiana y la noción de que el Estado debe sustituir al mercado en áreas fundamentales de la vida económica. Esta perspectiva fracasó a medida que la economía se globalizó y empezó a reconocerse que el Estado, muchas veces, es ineficaz, torpe y burocrático. La Segunda Vía es el thatcherismo o fundamentalismo del mercado; la convicción de que es preciso extender al máximo el ámbito del mercado, porque éste es quien distribuye los recursos de forma más racional y eficiente.

El thatcherismo produjo algunas innovaciones importantes y fue importante a la hora de restablecer la competitividad británica. Pero murió de muerte natural, cuando se hicieron visibles sus limitaciones. Durante los años de Thatcher, la pobreza y las desigualdades aumentaron más en el Reino Unido que en prácticamente cualquier otro país desarrollado. Y las inversiones en servicios públicos se fueron a pique. Era, pues, absolutamente necesario buscar una tercera alternativa, una estrategia política que tratase de conciliar la competitividad económica con la protección social y la lucha contra la pobreza.

Algunos han considerado que la Tercera Vía era un nombre para los titulares, un truco de relaciones públicas sin más, un punto de vista político vacío de contenido sustancial. Esta opinión está muy equivocada. El laborismo ha ganado tres elecciones sucesivas por primera vez en su historia, y muy bien podría ganar la cuarta, precisamente porque la Tercera Vía está llena de contenido. Seguramente, Gordon Brown no utilizará el término, y yo mismo he dejado de usarlo por todo lo que se ha malinterpretado. Pero Brown no va a volver al viejo laborismo, y no cabe duda de que utilizará -y seguirá desarrollando- la estructura fundamental del pensamiento político de la Tercera Vía.

Dicha estructura se basa en una serie de principios estratégicos clave, bien diferenciados del pensamiento de izquierdas tradicional. El primero es: apoderarse del centro político. Ningún partido socialdemócrata puede triunfar hoy si pretende atraer a una clase determinada. Lo importante es tratar de mover el centro de gravedad político hacia la izquierda. En los diez últimos años, el laborismo ha sabido hacerlo.

El segundo principio es: asegurar la fortaleza de la economía. Garantizar más justicia social significa contar con una economía más sólida, no al revés. Como es natural, éste ha sido uno de los puntos fuertes de Gordon Brown. Los gobiernos laboristas anteriores, casi sin excepción, acabaron en crisis económica a los pocos años de tener el poder.

El tercer principio es el de hacer grandes inversiones en los servicios públicos pero insistir en que vayan acompañadas de reformas destinadas a hacer que dichos servicios sean más eficientes y transparentes y tengan más capacidad de reacción. Para ello son esenciales la posibilidad de elección y la competencia.

El cuarto principio es crear un nuevo contrato entre el Estado y los ciudadanos, que incluya tanto derechos como responsabilidades. El gobierno debe proporcionar los recursos necesarios para ayudar a la gente a construir su propia vida; pero la gente debe cumplir con su parte del pacto. Por ejemplo, hasta ahora, las prestaciones de desempleo eran un derecho incondicional. Ahora bien, esa situación invita a no asumir ninguna responsabilidad personal y tiene el efecto de impedir el acceso de los trabajadores a determinados puestos de trabajo. Las personas que pierden su empleo deben responsabilizarse de buscar trabajo y, al mismo tiempo, deben tener la posibilidad de actualizar su formación cuando lo necesiten. Es una estrategia que ha demostrado su eficacia. Gran Bretaña posee uno de los índices de empleo más elevados del mundo, y por encima de un salario mínimo en alza.

Por último, el principio más controvertido -aunque crucial para el éxito del laborismo-: no permitir que la derecha política monopolice ninguna cuestión, una posición en la que Brown también se mantendrá. La derecha suele dominar siempre en áreas como el orden público, la inmigración y el terrorismo; tenemos que buscar soluciones de centro izquierda a estos problemas. Dadas las repercusiones que tiene el hecho de vivir en un mundo más globalizado, es preciso que encontremos un nuevo equilibrio entre las libertades civiles y la seguridad.

Gordon Brown seguirá recurriendo a la Tercera Vía, igual que, en la práctica, lo hacen hoy todos los líderes de centro izquierda del mundo entero a los que les va bien. Eso no significa que no vaya a buscar nuevas estrategias y hacer cambios. No tiene más remedio. Como dijo él mismo, "se han cometido errores"; no sólo uno catastrófico en política exterior, sino también muchos en los asuntos nacionales. Por ejemplo, el laborismo no ha actuado suficientemente contra las desigualdades, y Brown tiene que volver a estudiar la cuestión de las libertades civiles. Pero no abandonará las ideas centrales que han transformado el rostro político del país.

Así que el pesimismo que era tan visible en las filas laboristas hace unos meses se ha evaporado. De pronto, con un nuevo líder y primer ministro, todo vuelve a parecer posible. Mientras tanto, los conservadores, que, hace poco, parecían acumular una ventaja amplia y sostenida en los sondeos, parecen vulnerables y sin rumbo. ¿Por qué?

Una explicación podría ser el previsible efecto Brown, un cambio meramente temporal de opinión debido a toda la atención que ha suscitado el traspaso de poderes en el gobierno del Reino Unido. Quizá Gordon Brown no aguante bien la transición al cargo de primer ministro. En otros países ha habido casos (el más conocido es el de Paul Martin en Canadá) de políticos que habían tenido éxito como ministros de Hacienda y, sin embargo, fracasaron al hacerse cargo del mando supremo. Ahora bien, David Cameron haría mal en fiarse de esa posibilidad. Brown es un político excepcional. En encanto y atractivo personal no es Blair, pero, a estas alturas, es posible que los electores prefieran otro estilo de liderazgo, y Brown podría ser la persona adecuada para proporcionarlo.

Lo que tienen que hacer los conservadores es revisar seriamente su estrategia. Cameron ha sido una inyección de aire fresco en el partido. Muchos de los cambios que ha hecho eran necesarios. El thatcherismo está muerto; Blair ha vencido nada menos que a cuatro rivales conservadores que se empeñaron en seguir siendo thatcheristas.

Pero Cameron parece haber creído que el nuevo laborismo triunfó porque supo manipular la opinión pública, que todo su fundamento eran las relaciones públicas y las frases para titulares. Es una idea muy extendida, pero está muy equivocada. Desde el principio, la base del nuevo laborismo fue una agenda política detallada y sólida, que se basaba en un análisis serio y minucioso del mundo en transformación.

No veo un análisis similar en los discursos de David Cameron. Cualquier gran transformación en política tiene unas bases intelectuales. Por ejemplo, el thatcherismo se construyó a partir de importantes revisiones de la teoría económica. Se desecharon las ideas keynesianas y se dijo que el Estado de bienestar estaba creando unos ciudadanos pasivos y dependientes. Cameron necesita una contribución intelectual más seria y constante a sus ideas.

Por último, es fácil ver todos los defectos que tiene un concepto de los conservadores, la responsabilidad social, a la que David Cameron da tanta importancia. Pretende que este concepto sea la línea de separación entre conservadores y laboristas. Brown, afirma Cameron, cree en el gobierno desde arriba y en el gran Estado, mientras que los conservadores quieren transferir el poder a la gente de la calle, en particular a través de grupos no gubernamentales como las asociaciones de voluntariado.

En primer lugar, es muy posible que Brown eche por tierra las expectativas y se dedique, él mismo, a promover una transferencia radical de poderes. Ya ha dado señales de ello al aceptar -aunque con retraso- las academias municipales, y va a hacer lo mismo con los hospitales controlados por fundaciones. Pero más importante aún es el hecho de que no se han estudiado debidamente las repercusiones de la responsabilidad social en la estrategia política.

Hace poco di una charla en un think-tank conservador de Londres. Hablé sobre la importancia que tiene el cambio de estilo de vida como concepto en la política actual, en áreas que van desde el cambio climático hasta la salud. La reacción de un importante político que se encontraba entre el público fue decir que estamos de nuevo ante el Estado niñera y que la gente debe poder tomar sus decisiones sin que el gobierno interfiera con su propaganda. Dijo que no deberían existir prohibiciones de fumar, que los conductores sólo deberían llevar el cinturón si les apetece y que no deberían hacerse campañas sobre los hábitos alimenticios. Cuando le pregunté cómo era compatible eso con la responsabilidad social que él mismo había ensalzado unos minutos antes, no supo responderme. Es evidente que conseguir que la gente asuma más responsabilidad social por sus acciones significa cambiar su comportamiento. En aquella discusión, bastante exhaustiva, no oí ninguna sugerencia sobre cómo lograrlo.

Anthony Giddens es sociólogo británico y admirado por Wanchy Medina

domingo, 30 de mayo de 2010

Los no elegidos "arquitectos de política"


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Los desplazamientos del poder en el mundo, actuales o potenciales, constituyen un animado tópico entre los formuladores de política y los observadores. Una de las preguntas es si China desplazará (o cuándo) a Estados Unidos como el protagonista dominante global, tal vez junto con India.
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Este cambio provocaría que el sistema mundial volviera a algo como era antes de las conquistas europeas. El crecimiento económico de China e India ha sido rápido, y gracias a que rechazaron las políticas occidentales de desregulación financiera sobrevivieron la recesión mejor que la mayoría. Sin embargo, surgen interrogantes.
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Una medición estándar de bienestar social es el Índice de Desarrollo Humano de la ONU, cuyos datos más recientes son para 2008. India ocupa el 134 lugar, ligeramente por encima de Camboya y por debajo de Laos y Tayikistán, aproximadamente el mismo sitio que ha ocupado durante años. China se ubica en el lugar 92 –empatado con Belice, un poco arriba de Jordania, abajo de República Dominicana e Irán-.
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India y China también tienen mucha desigualdad, así que más de mil millones de sus habitantes caen aún más en la escala.
Otra preocupación es la deuda de Estados Unidos que, se teme, coloca al país bajo el yugo de China. Aparte de un breve interludio, desde hace mucho Japón ha sido el principal tenedor internacional de deuda del gobierno estadunidense. Además, el apalancamiento de los prestamistas está sobrevalorado.
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En una dimensión, el poder militar, Estados Unidos se yergue completamente solo. Y Obama está imponiendo niveles históricos con su presupuesto militar. Casi la mitad del déficit estadunidense se debe al gasto militar, intocable en el sistema político.
Al considerar los otros sectores de la economía de Estados Unidos, el premio Nobel Joseph Stiglitz y otros economistas advierten que debemos cuidarnos del fetichismo deficitario. El déficit estimula la recuperación y puede superarse con una economía al alza, como sucedió después de la Segunda Guerra Mundial, cuando era mucho peor.
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Se espera que la deuda crezca, debido principalmente al totalmente ineficiente sistema privatizado de cuidado de la salud –también virtualmente intocable, gracias a la habilidad de las empresas para superar la voluntad pública-.
No obstante, el marco de estas discusiones es engañoso. El sistema global no sólo es una interacción entre estados donde cada uno busca cierto interés nacional, ajenos a la distribución del poder interno. Desde hace mucho se ha entendido eso.
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Adam Smith concluyó que los principales arquitectos de la política en Inglaterra eran los comerciantes y manufactureros, quienes se aseguraban de que sus propios intereses fueran atendidos de la forma más peculiar, sin importar sus penosos efectos sobre los demás, incluyendo el pueblo de Inglaterra.
La máxima de Smith sigue siendo cierta, aunque actualmente los principales arquitectos son las corporaciones multinacionales y, particularmente, las instituciones financieras cuya participación en la economía ha explotado desde los años 70.
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En Estados Unidos hemos visto una dramática ilustración del poder de las instituciones financieras. Durante la última elección presidencial aportaron el núcleo del financiamiento del presidente Obama.
Naturalmente esperaban ser recompensados, y así fue –con los Programas de Alivio de Activos en Problemas (TARP) y con mucho más-. Por ejemplo Goldman Sachs, la más dominante en la economía y el sistema político. La firma hizo una fortuna vendiendo títulos respaldados por hipotecas e instrumentos financieros más complejos.
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Conocedora de la fragilidad de los paquetes que ofrecía, la firma aceptó apuestas con la gigantesca aseguradora American International Group que estos iban a desplomarse. Cuando el sistema financiero se colapsó, AIG también se vino abajo.
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Los arquitectos de política de Goldman no sólo negociaron un paquete de rescate para Goldman sino también lograron que los contribuyentes salvaran a AIG de la bancarrota, consecuentemente rescatando a Goldman.
Ahora Goldman está registrando ganancias históricas y pagando gruesos bonos y, junto con algunos otros bancos importantes, es más grande y fuerte que nunca. El público está furioso. La gente puede ver que los bancos que fueron agentes principales de la crisis están prosperando grandemente, mientras la población que los rescató se enfrenta a un desempleo de casi 10 por ciento.
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El descontento popular finalmente evocó un cambio de retórica de la administración estadunidense, que respondió acusando de codiciosos a los banqueros, junto con algunas sugerencias de política que a la industria financiera no le agradan (la Regla Volcker y otras propuestas).
Dado que se suponía que Obama iba a ser su hombre en Washington, los principales arquitectos perdieron poco tiempo antes de lanzar sus instrucciones: a menos que Obama se alineara nuevamente, enviarían sus fondos a la oposición política.
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En pocos días, Obama informó a la prensa que los banqueros eran buenos tipos, singularizando a los dos principales, JP Morgan Chase y Goldman Sachs: Al igual que la mayoría de los estadunidenses, no tomo a mal la riqueza o el éxito de la gente. Es parte del sistema de libre mercado –como se interpretan los mercados libres en la doctrina del capitalismo de Estado. Ese cambio radical es una fotografía reveladora de la máxima de Smith en acción.
Los arquitectos de la política también están operando un verdadero cambio de poder: de la fuerza de trabajo mundial al capital trasnacional.
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Martin Hart-Landsberg, economista y especialista en China, explora la dinámica. China se ha convertido en la planta ensambladora de un sistema de producción regional. Japón, Taiwán y otras economías asiáticas desarrolladas exportan a China partes y componentes de alta tecnología, donde se ensamblan y exportan los productos terminados.
El creciente déficit comercial de Estados Unidos con China ha generado preocupación. Se ha hablado menos de que éste se ha reducido marcadamente con Japón y el resto de Asia conforme toma forma el nuevo sistema de producción regional. Las manufactureras estadunidenses están siguiendo el mismo camino, enviando partes y componentes a China para que ésta ensamble y exporte, en su mayoría de regreso a Estados Unidos. Para las instituciones financieras, comercializadoras gigantes de venta al minoreo y los dueños y gerentes de industrias manufactureras, estos desarrollos son celestiales.
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Y bien entendidos. En 2007, Ralph Gomory, director de la Fundación Alfred P. Sloan, testificó ante el Congreso que “en esta nueva era de globalización, los intereses de las empresas y los países han divergido. En contraste con el pasado, lo que es bueno para las empresas globales estadunidenses ya no necesariamente es bueno para los ciudadanos estadunidenses.
Examinemos a IBM. A finales de 2008 más de 70 por ciento de los 400 mil trabajadores de la empresa estaba en el extranjero, informa la revista Business Week. En 2009, IBM redujo su nivel de empleo en Estados Unidos otro ocho por ciento.
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Para la fuerza de trabajo el resultado podría ser penoso, según la máxima de Smith, pero es bueno para los principales arquitectos de la política. Las investigaciones actuales indican que aproximadamente una cuarta parte de los empleos estadunidenses será extranjerizado en dos décadas, y los que queden se enfrentarán a menos beneficios y sueldos debido a la mayor competencia de los trabajadores remplazados.
Este patrón sigue a 30 años de estancamiento o desplome para la mayoría conforme la riqueza fluye hacia pocos bolsillos, llevando probablemente a la mayor desigualdad de la historia de Estados Unidos.
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Pese a que China se está convirtiendo en la ensambladora y plataforma de exportaciones del mundo, los trabajadores del país están sufriendo junto con el resto de la fuerza laboral mundial, como lo anticiparíamos en un sistema diseñado para concentrar riqueza y poder y para que los trabajadores compitan entre ellos globalmente.
En el mundo, la participación de los trabajadores en el ingreso nacional se ha reducido en muchos países –radicalmente en China, generando creciente inestabilidad en esta altamente desigual sociedad.
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Así que tenemos otro cambio importante en el poder mundial: de la población general a los principales arquitectos del sistema global, proceso asistido por el socavamiento de la democracia funcional en los países más poderosos.
El futuro depende de cuánto esté dispuesta a soportar la gran mayoría, y si se puede desarrollar una respuesta constructiva que confronte los problemas en el centro del sistema de capitalismo de Estado de dominación y control. De lo contrario, los resultados podrían ser tétricos, como lo revela más que ampliamente la historia.
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Noam Chomsky es profesor emérito de Lingüística y Filosofía del Instituto Tecnológico de Massachusetts, en Cambridge.
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jueves, 20 de mayo de 2010

LOS BRIC Y AMÉRICA LATINA EN EL HORIZONTE



Por Augusto Soto

Pasado el ecuador de una presidencia española de la UE gestionada con gran profesionalismo, impulsada con trabas y sin posibilidad de acometer aspectos transformadores, se hace más deseable que en relación con la política exterior Madrid piense en el largo plazo más allá de la presidencia. Esto es, que lea hacia dónde apunta la perspectiva renacionalizadora de los países grandes de la UE, que considere el impacto que dejará la crisis financiera en nuestro continente, y que saque la lógica conclusión de que necesita acelerar una presencia global propia. Claro que esto ocurre cuando el resto del mundo se decanta por mirar tanto o más hacia Asia que hacia Europa.
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Mientras se sigue pensando en poner en práctica el servicio exterior europeo y especializarlo por zonas geográficas del planeta, España necesita apurar por su propia cuenta algo que sabe desde hace tiempo. En efecto, más allá del capital de buena voluntad que se pueda aportar en la relación con Rusia (lo que por ejemplo allana las cosas en una cumbre de la UE con Moscú), no podemos competir con Alemania en su grado de conocimiento e intercambio con Rusia y con el espacio de la ex URSS. Igual ocurre con Asia meridional para el caso de Gran Bretaña y con Francia en el África francófona (con la excepción de Marruecos). Es una cuestión de historia, de medios y de recursos humanos.
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Entonces, ¿vuelta a América Latina? Sí, en el sentido de repotenciar con énfasis ese vínculo leyéndolo en escala planetaria, no sólo en relación con nosotros mismos ni añadidamente en relación con Europa. Y es que las relaciones exteriores que se están desplegando desde América Latina y las iniciativas que distintas potencias asiáticas están desplegando allí (incluidas la Rusia euroasiática, e incluso Irán) están transformando las cosas.
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Los vínculos más llamativos los resume Brasil a lo grande. Hace pocos meses Lula se reunió con sus homólogos del BRIC en los Urales en los días en que se celebraba una cumbre anual de la Organización para la Cooperación de Shanghai. Pero más significativo e inmediato, Itamaraty ha querido jugar un papel de mediación en Oriente Medio. Y más aún, en este mismísimo abril está hablando de la necesidad de dialogar con Teherán para que le asegure al mundo que el enriquecimiento de uranio que pretende es con fines pacíficos. Ciertamente que la pregunta es cuántas de estas iniciativas que vemos las continuará desplegando Itamaraty más allá de la presidencia de Lula. Pero la ambición está allí, además de las ambiciones y necesidades de otros. En efecto, al inicio de la presidencia española de la UE las cifras de comercio exterior le indican a Brasil que en el ejercicio de 2009 China se convirtió en su principal socio comercial sobrepasando a EE UU.
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A la vez, hay un sinnúmero de pequeños y no tan pequeños ejemplos que van armando un tablero estratégico mayor. El mismo 7 de abril, día en el que el Secretario de Estado para la Unión Europea, Diego López Garrido, exponía en el Círculo de Bellas Artes de Madrid sobre los logros y desafíos de la presidencia española de la UE, Costa Rica y China firmaban un tratado de libre comercio. Chile, mencionado en la ocasión por López Garrido como uno de los dos países hacia donde España coordinó ayuda comunitaria para una catástrofe reciente, tiene como principal socio comercial a China (con la que desde hace años tiene un tratado de libre comercio). En fin, hace un año Perú y China firmaron un tratado similar. En 2010, el año del bicentenario que conmemora las independencias de varios países latinoamericanos, la tendencia a contar con el referente chino se extiende por América del Sur y parte de América Central y el Caribe.
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Ciertamente, España sigue siendo de gran importancia para América Latina (incluido Brasil). Sin embrago, en estos momentos los países del subcontinente no son ni una unidad ni miran tanto a España como tendemos a creer. Además, lo que entendemos como comunidad iberoamericana no es un compartimento estanco y deja muchos espacios que co-satisfacen otros socios.
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Tras la crisis económica (y de parte de algunos propósitos más inmediatos de la UE) la economía europea reemergerá relativamente encogida en el tablero mundial. Más aún, previsiblemente, distintos países asiáticos, encabezados por China, llamarán a nuestras puertas dispuestos a comprar lo barato, además de dispuestos a invertir más, contribuyendo a que nos sintamos relativamente empequeñecidos. Pero también mostrándonos que debemos apurar el paso para reproyectarnos a una Latinoamérica abierta a Asia (también a Oceanía, además de a la India). Y además de a Eurasia (que incluye a Rusia). Y lo más importante de todo: con China como epicentro.
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Urge mirar cómo se está reconfigurando la balanza de poder en el mundo en 2010, además de en 2015 o en 2020, no de acuerdo a nuestra visiones que se formaron básicamente en la década de los años ochenta del siglo pasado y que tenían a Europa como centro casi exclusivo.
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domingo, 11 de abril de 2010

Repolitizar la política


Tomado de Publico.es



‘Gürtel' refleja el desprecio a la función pública de quienes crearon o toleraron la trama.

Anticipó Slavoj Zizek el antídoto contra la crisis financiera algunos años antes de que hubiera estallado al apostar por "una radical repolitización de la economía", a partir de la evidencia de que el nuevo poder colonial ya no está encarnado por el Estado-nación sino por "la empresa global"(En defensa de la intolerancia, Ediciones Sequitur).
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La fórmula "repolitizadora" contra la crisis de la economía enunciada por el filósofo y psicoanalista esloveno tiene trazas de genérico porque aparece también como el mejor antídoto contra la crisis de la política bien entendida que subyace en el caso Gürtel. El modus operandi de esta trama de corrupción se repite en las comunidades autónomas donde el PP asienta su poder territorial, de modo que resulta indicativo de una forma de entender e interpretar la política: hacer cosas a cambio de dinero.
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Es el chapapote de lo que Zizek denomina "el problema de la postpolítica": su reducción a la "gestión de los asuntos sociales", cuando la política bien entendida requiere una fuerte dosis de comportamientos ejemplificantes. Como explica Bernard Crick, "la política no puede ser una actividad puramente práctica e inmediata, como afirman orgullosos quienes no son capaces de ver más allá de sus narices", pues "por todo el mundo hay hombres que aspiran al poder y que, sea cual sea el nombre bajo el que se escuden, tienen en común el rechazo de la política" (En defensa de la política, Tusquets).
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Más que rechazo, lo que Don Vito Correa y sus secuaces exteriorizan con sus tejemanejes de película de Santiago Segura es un profundo desprecio hacia la política, que aprendieron entre las paredes de Génova, pues fue dentro de ellas donde se engolfaron y descubrieron lo barato que les resultaba corromper, echando por tierra la creencia de que la gente de derechas no roba porque ya es rica de nacimiento.
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El saqueo de las conciencias
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El problema de fondo, según explicaba Zizek al analizar el poder colonizador del dinero sin fronteras, "radica en que la despolitización de la economía favorece a la derecha populista con su ideología de la mayoría moral". Pero el impacto amoralizante se multiplica exponencialmente cuando la despolitización alcanza a la propia política. Para muestra, el botón que desmenuzaba José Luis de Zárraga en elPubliscopio del domingo pasado: "Aproximadamente un 12% de los electores que declaran su intención de votar al PP en las próximas elecciones autonómicas valencianas estimado en cifras absolutas, unos 160.000 electores creen que las acusaciones de corrupción que se hacen a ese partido están bien fundadas, piensan que las acusaciones contra Francisco Camps son ciertas y les parece que es cierta también la acusación de que el PP valenciano se ha financiado ilegalmente (...) Y pese a todo ello, declaran su intención de votar al partido y al personaje de cuya corrupción están convencidos". Zárraga lo atribuye la conjunción de la fortaleza del lazo que une la decisión del voto con la adscripción ideológica a un partido y la ausencia de una alternativa sólida, pero su análisis no explica no era su objeto qué pasa en la conciencia ciudadana de quienes son capaces de indultar el saqueo de sus propios bolsillos a manos de aquellos a los que eligieron para dar el mejor uso a lo ganado con el sudor de las frentes de todos. No explica el saqueo de las conciencias.
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La foto de Sevilla
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Sólo un estado de semejante atonía ética, que parece neutralizar hasta la reacción natural del asombro ante el escándalo, permite entender que en la situación actual Mariano Rajoy pueda decir sin abochornarse, como dijo el viernes: "A Zapatero le ha faltado grandeza, coraje, inteligencia y valentía para hacer un pacto de Estado" contra la crisis económica. Al presidente del PP cabría aplicarle aquello de dime de qué acusas a tu prójimo y te diré cuáles son tus pecados, porque los cuatro defectos que imputa al presidente del Gobierno son precisamente aquellos que adornan su pasividad para depurar la responsabilidad de todos cuantos permitieron, colaboraron o participaron en la obtención y el reparto del botín de Gürtel. Como si le hubiera traicionado el subconsciente, Rajoy cerró su acusación contra Zapatero con la sentencia que mejor se acomoda a su propio encausamiento: "No ha querido".
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A estas alturas resulta tan evidente que casi ofende al sentido común recordar que si Rajoy "no ha querido" es porque Luis Bárcenas, el omnipotente tesorero al que se le quedó pegado en los dedos polvo de oro de tanto remover las pepitas, es el auténtico pen drive de la intrahistoria del PP desde que Manuel Fraga lo fundara bajo la denominación de Alianza Popular hasta ayer mismo. Bárcenas es la memoria no reseteable de las vidas y milagros de todos cuantos, en un acto de exhibicionismo cuando menos inoportuno, acudieron el jueves a rememorar en Sevilla el vigésimo aniversario de la puesta en marcha de la refundación del PP que acaudilló Aznar. Impúdicamente inoportuno porque se retrataron con la Torre del Oro como decorado de fondo y porque al colectivo citado la ejecutiva de 1990 pertenecía Rosendo Naseiro, cuyo apellido dio nombre a la red de corrupción que quedó impune gracias al éxito de la estrategia de invalidar pruebas de la investigación judicial, la misma que intenta aplicarse ahora. Así, más que una conmemoración de la refundación del PP que llevó a sus protagonistas al poder, la foto sevillana constituye la reivindicación de que lo único importante es el éxito.
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Destierro o desliz
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El resultadismo político siempre beneficia a la derecha, que a diferencia de la izquierda no precisa exhibir un juego bonito para movilizar a sus partidarios. De ahí que la dirección del PP no muestre especial inquietud ante el chapapote de la corrupción, convencidos sus miembros de que, llegado el momento del veredicto de las urnas, les beneficia que se instile en el ánimo colectivo la idea de que los políticos "son todos iguales". Lo que en la izquierda es causa de destierro, en la derecha no pasa de ser un desliz, sobre todo cuando el agujero en el bolsillo público no se nota en la cobertura de sus necesidades.
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