domingo, 11 de abril de 2010

Repolitizar la política


Tomado de Publico.es



‘Gürtel' refleja el desprecio a la función pública de quienes crearon o toleraron la trama.

Anticipó Slavoj Zizek el antídoto contra la crisis financiera algunos años antes de que hubiera estallado al apostar por "una radical repolitización de la economía", a partir de la evidencia de que el nuevo poder colonial ya no está encarnado por el Estado-nación sino por "la empresa global"(En defensa de la intolerancia, Ediciones Sequitur).
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La fórmula "repolitizadora" contra la crisis de la economía enunciada por el filósofo y psicoanalista esloveno tiene trazas de genérico porque aparece también como el mejor antídoto contra la crisis de la política bien entendida que subyace en el caso Gürtel. El modus operandi de esta trama de corrupción se repite en las comunidades autónomas donde el PP asienta su poder territorial, de modo que resulta indicativo de una forma de entender e interpretar la política: hacer cosas a cambio de dinero.
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Es el chapapote de lo que Zizek denomina "el problema de la postpolítica": su reducción a la "gestión de los asuntos sociales", cuando la política bien entendida requiere una fuerte dosis de comportamientos ejemplificantes. Como explica Bernard Crick, "la política no puede ser una actividad puramente práctica e inmediata, como afirman orgullosos quienes no son capaces de ver más allá de sus narices", pues "por todo el mundo hay hombres que aspiran al poder y que, sea cual sea el nombre bajo el que se escuden, tienen en común el rechazo de la política" (En defensa de la política, Tusquets).
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Más que rechazo, lo que Don Vito Correa y sus secuaces exteriorizan con sus tejemanejes de película de Santiago Segura es un profundo desprecio hacia la política, que aprendieron entre las paredes de Génova, pues fue dentro de ellas donde se engolfaron y descubrieron lo barato que les resultaba corromper, echando por tierra la creencia de que la gente de derechas no roba porque ya es rica de nacimiento.
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El saqueo de las conciencias
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El problema de fondo, según explicaba Zizek al analizar el poder colonizador del dinero sin fronteras, "radica en que la despolitización de la economía favorece a la derecha populista con su ideología de la mayoría moral". Pero el impacto amoralizante se multiplica exponencialmente cuando la despolitización alcanza a la propia política. Para muestra, el botón que desmenuzaba José Luis de Zárraga en elPubliscopio del domingo pasado: "Aproximadamente un 12% de los electores que declaran su intención de votar al PP en las próximas elecciones autonómicas valencianas estimado en cifras absolutas, unos 160.000 electores creen que las acusaciones de corrupción que se hacen a ese partido están bien fundadas, piensan que las acusaciones contra Francisco Camps son ciertas y les parece que es cierta también la acusación de que el PP valenciano se ha financiado ilegalmente (...) Y pese a todo ello, declaran su intención de votar al partido y al personaje de cuya corrupción están convencidos". Zárraga lo atribuye la conjunción de la fortaleza del lazo que une la decisión del voto con la adscripción ideológica a un partido y la ausencia de una alternativa sólida, pero su análisis no explica no era su objeto qué pasa en la conciencia ciudadana de quienes son capaces de indultar el saqueo de sus propios bolsillos a manos de aquellos a los que eligieron para dar el mejor uso a lo ganado con el sudor de las frentes de todos. No explica el saqueo de las conciencias.
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La foto de Sevilla
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Sólo un estado de semejante atonía ética, que parece neutralizar hasta la reacción natural del asombro ante el escándalo, permite entender que en la situación actual Mariano Rajoy pueda decir sin abochornarse, como dijo el viernes: "A Zapatero le ha faltado grandeza, coraje, inteligencia y valentía para hacer un pacto de Estado" contra la crisis económica. Al presidente del PP cabría aplicarle aquello de dime de qué acusas a tu prójimo y te diré cuáles son tus pecados, porque los cuatro defectos que imputa al presidente del Gobierno son precisamente aquellos que adornan su pasividad para depurar la responsabilidad de todos cuantos permitieron, colaboraron o participaron en la obtención y el reparto del botín de Gürtel. Como si le hubiera traicionado el subconsciente, Rajoy cerró su acusación contra Zapatero con la sentencia que mejor se acomoda a su propio encausamiento: "No ha querido".
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A estas alturas resulta tan evidente que casi ofende al sentido común recordar que si Rajoy "no ha querido" es porque Luis Bárcenas, el omnipotente tesorero al que se le quedó pegado en los dedos polvo de oro de tanto remover las pepitas, es el auténtico pen drive de la intrahistoria del PP desde que Manuel Fraga lo fundara bajo la denominación de Alianza Popular hasta ayer mismo. Bárcenas es la memoria no reseteable de las vidas y milagros de todos cuantos, en un acto de exhibicionismo cuando menos inoportuno, acudieron el jueves a rememorar en Sevilla el vigésimo aniversario de la puesta en marcha de la refundación del PP que acaudilló Aznar. Impúdicamente inoportuno porque se retrataron con la Torre del Oro como decorado de fondo y porque al colectivo citado la ejecutiva de 1990 pertenecía Rosendo Naseiro, cuyo apellido dio nombre a la red de corrupción que quedó impune gracias al éxito de la estrategia de invalidar pruebas de la investigación judicial, la misma que intenta aplicarse ahora. Así, más que una conmemoración de la refundación del PP que llevó a sus protagonistas al poder, la foto sevillana constituye la reivindicación de que lo único importante es el éxito.
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Destierro o desliz
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El resultadismo político siempre beneficia a la derecha, que a diferencia de la izquierda no precisa exhibir un juego bonito para movilizar a sus partidarios. De ahí que la dirección del PP no muestre especial inquietud ante el chapapote de la corrupción, convencidos sus miembros de que, llegado el momento del veredicto de las urnas, les beneficia que se instile en el ánimo colectivo la idea de que los políticos "son todos iguales". Lo que en la izquierda es causa de destierro, en la derecha no pasa de ser un desliz, sobre todo cuando el agujero en el bolsillo público no se nota en la cobertura de sus necesidades.
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